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¡Hola! Soy María Fernanda y tengo 19 años. Mi historia comenzó en el verano de 2007; había terminado 5.º de preparatoria y estaba lista para ingresar al último año, pero todos mis planes cambiaron esas vacaciones, ya que empecé a sentirme mal.
Tenía muchas molestias en la espalda; al principio pensé que simplemente había dormido mal, pero pasaron varios días sin ninguna mejoría. Mi mamá decidió llevarme al médico.
Inicialmente sospechó que tenía anemia, ya que el color de mi piel no era normal. Me mandó a hacerme una biometría. La misma doctora le dijo a mi mamá que algo no andaba bien, que debería de ir con un especialista, un hematólogo.
Visité cuatro médicos y todos tenían el mismo diagnóstico, pero me hicieron un estudio de médula ósea para corroborarlo: Leucemia Linfoblástica Aguda.
Realmente no tuve tiempo de asimilarlo, ya que el mismo día que me informaron de mi enfermedad comenzaron con la primera quimioterapia, porque era un asunto muy urgente.
Al principio fue muy difícil aceptar todo lo que me estaba sucediendo: la enfermedad, mi miedo a las agujas y a la sangre, la caída de mi cabello y las visitas frecuentes al hospital.
Pero tuve mucha gente a mi lado que me apoyó: toda mi familia, mis amigas y hasta personas que realmente no conocía y me ofrecieron su ayuda. Fue así como asimilé mi realidad y resolví dar todo de mí para recuperarme.
Ese año decidimos que no entraría a la escuela, ya que realizaría mi tratamiento dos veces por semana. Pasaron aproximadamente 4 meses, hasta que un día el médico nos informó lo que en ese momento parecía la gota que derramaba el vaso.
Unos exámenes que me habían hecho daban como resultado que tenía el Cromosoma Filadelfia y era necesario que me hicieran un trasplante de médula ósea. Después de esta terrible noticia, empezaron a hacerles estudios de compatibilidad a mi mamá, papá y hermano.
Y Dios me concedió un milagro. ¡Mi hermano me salvaría la vida! Resultó que era compatible conmigo al 100% y. generosamente, él sufriría un poco para que yo estuviera sana de nuevo.
Después de todo esto, mi familia empezó a movilizarse, ya que el trasplante es una operación muy costosa. Juntaban dinero por un lado y otro, pero por más esfuerzos que hacían faltaba mucho y el trasplante ya era urgente.
Fue así como en nuestra vida aparecieron una persona con un gran corazón y su asociación: Lau Vidales y Aquí Nadie Se Rinde A.C. (ANSeR). Y ocurrió otro de los milagros que Dios nos concedería: La Alianza para Trasplantes de Médula Ósea nos apoyaría con el trasplante en el Instituto Nacional de Pediatría (INP) en febrero de 2008.
Afortunadamente y gracias a Dios, mi hermano, mi familia, amigos y todas las personas que me brindaron su apoyo, hoy puedo decir que llevo una vida normal e incluso mejor.
Ya cumplí dos años desde que realizaron mi trasplante. Sólo quiero agradecer a quienes nos ayudaron y decirle a todos los que están pasando por alguna situación parecida, que aunque parezca muy complicado salir adelante, sí se puede y siempre hay gente que te brindará su apoyo.
¡Aquí nadie se rinde!
Atte. Fernanda Arroyo Jiménez.
Es duro caer, pero es peor no haber intentado nunca subir.
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